Por PILAR MUIÑOS
En una boda real todos los detalles importan. El mundo pone los ojos en un país y en unas personas, que obviamente aprovechan para darle a cada acto la relevancia que se merece. Aún sabiendo que los detalles más analizados son, cómo no, el traje de la novia, el ritual de la boda, y las joyas, no se puede dejar ningún otro aspecto al azar porque cada detalle sirve para lanzar grandes o pequeños mensajes.
Con motivo de la boda de la princesa Victoria y Daniel Westling, la casa real sueca ha querido lanzar un mensaje muy claro: la importancia de los anteriores reyes y reinas, la importancia de la historia de una dinastía.
El primer mensaje de respeto a la tradición fue la propia fecha de la boda, porque el 19 de junio de 1823 se casaron el rey Oscar I y la duquesa Josefina de Leuchtenberg, en 1850 el Rey Carlos XV y la princesa Luisa de los Países Bajos, y los propios padres de la novia en 1976. Llegado el día, la princesa Victoria luciría el mismo velo y la misma tiara de los camafeos, que probablemente fue un regalo de Napoleón a la emperatriz Josefina y que lució la Reina Silvia el día de su boda, continuando una tradición que comenzó en 1961, la princesa Birgitta que eligió esta tiara para casarse con el príncipe Johann Georg of Hohenzollern, y después también la luciría la princesa Desiree en su boda con el Baron Niclas Silfverschiöld en 1964. El velo también había pertenecido a la Reina Sofía, y fue utilizado por las princesas Sybilla en 1932, Désirée en 1964, Margaretha en 1964 y Cristina en 1974.
Pero no iban a ser esas las únicas referencias a los anteriores reyes y reinas del país y a las tradiciones de una dinastía. Porque en el banquete nupcial estuvieron representadas todas las generaciones de la dinastía Bernadotte a través del servicio de menaje (porcelana, cubertería de plata y cristalería) que se utilizó en la mesa presidencial y en la mesa de honor. Cada plato, desde los entrantes hasta la tarta nupcial, fue servido con una vajilla y una cubertería diferente. El banquete empezó y terminó con la primera y la última generación, desde el rey Carlos XIV Juan y la reina Desirée hasta el rey Carlos XVI Gustavo y la Reina Silvia. Precisamente el regalo de bodas del pueblo sueco a los actuales Reyes fue la cristalería utilizada.
También hubo un recuerdo a las últimas generaciones de Holstein-Gottorp, la dinastía anterior a la actual, que estuvieron representadas con la porcelana de Sévres del Rey Gustavo III y los candelabros del Rey Gustavo IV Adolfo que se colocaron en las mesas redondas.
Las piezas decorativas de plata pertenecieron a la Princesa Amalie de Leuchtenberg que se las regaló a su hermana la Reina Josefina; y al Rey Oscar I, los cuatro jarrones de cristal con guarniciones de plata de 1827.
La mantelería tejida en damasco tiene más de cien años de antigüedad, y es cuidada con esmero por un departamento específico que la lava, plancha y almacena. Cabe decir que una vez limpios, los manteles y servilletas se guardan en un almacén fresco al menos tres meses antes de ser utilizados de nuevo, para que las fibras puedan descansar y volver a su forma correcta. Organizar un evento con esmero y pensando en cada detalle es una buena manera de contar la historia y la tradición de un dinastía.
EN LA FOTO, los novios el pasado sábado en Oslo.
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